lunes, 26 de enero de 2015

Reencuentro

Amanecía con la palabra reencuentro. En la calle nada había cambiado, aunque quizá ahora esa palabra, justo allí, le resultaba la más simpática del mundo. Recordó que por un tiempo esas avenidas se convirtieron en libros de los que aprender. Le gustaba pasear por cada una de sus páginas con aquella sensación de ser capaz de saltar de un renglón a otro sin tropezar ni una sola vez. Algunas tardes invitaba a merendar a las exclamaciones y alargaban las horas para apuntarse también a las cenas improvisadas con las sobras del fin de semana, creyéndose gourmet, con la elegancia de las copas de vino y las fotografías chapuceras que tan buenos ratos daban.
Fue un reencuentro con algunas de las personas que cargaban sus pilas día a día, que le mostraban lo bonito de aquella ciudad, lo bonito de ellas mismas. Como siempre, terminaría siendo un restaurante italiano el testigo de las confidencias. También se reencontró con las llamadas a deshoras, los momentos de angustia, las ganas de salir corriendo, esas que poco a poco se fueron evaporando, esas que dejó pasar. Se reencontró consigo misma y anotó un punto más en su marcador de batallas ganadas.
Subió al tren de vuelta a casa con la nostalgia en el asiento de al lado. Compartieron conversación durante el viaje. Sonrieron al recordar que allí, en ese lugar del que se alejaban, la ciudad de los reencuentros, hace ya algún tiempo que se plantearon convertir los problemas en retos y mojarlos en el café de cada desayuno.