sábado, 28 de febrero de 2015

Edimburgo

Hace algunos días le aseguró que escribiría algo para ella. No podía verla, pero imaginó que al otro lado del teléfono se esbozaba la misma sonrisa de complicidad, esa que conocía muy bien el significado de las dobles intenciones.

Hoy se sienta frente al ordenador y le tiemblan las manos. Su mente no da para mucho, se aleja de aquella segunda intención, se borra su sonrisa. No quiere pensar ni escribir una despedida porque está segura de que no lo es. Sólo quiere que en su maleta incluya la seguridad de que esté donde esté, la distancia no será un impedimento para que estén tan cerca como siempre, para que les siga separando un pasillo, un sillón de cuadros o un salto descalza a la terraza (o balcón, eso siempre será un dilema) con desenlace de susto y risas. Por mucho tiempo que pasen sin verse, sin hablar, las calles de Granada se volverán Sevilla y los buenos días se los dieron hace un rato en la cocina.  
Mientras que espera pacientemente volver a escribir sobre un reencuentro que está segura que pronto se producirá, le suplica que sea feliz, cumpla retos y siga creciendo. Le agradece cada instante porque verdaderamente supo ser uno de los pilares en su vida cuando más falta le hacía a sus torpes cimientos. Pronto sus caminos se volverán a juntar. Muy orgullosa de poder identificar su nombre con la palabra amistad. 
La echará de menos, querida.
Edimburgo pronto será un sitio mejor.  

domingo, 8 de febrero de 2015

Destino a inspiración

Cerró una maleta en la  que sobrara todo excepto la cámara de fotos y ese portátil que, en poco tiempo, consiguió convertirse en cómplice de todos sus pensamientos escritos. Algo de inquietud impregnaba el ambiente de un viaje que no tenía mucho de especial, un viaje que había realizado en muchas ocasiones. No entendía muy bien el por qué, pero algo le decía que iba a ser un fin de semana con destino a "inspiración". Al menos, eso esperaba.  
En el camino mencionó las miles de aventuras que había vivido años antes, cuando todos sus nervios se concentraban en conseguir un buen resultado en un partido de fútbol, cuando una retirada a tiempo siempre era aconsejable en las peleas contra los lugareños. Sin duda alguna,  ante aquellas rústicas armas no había nada que hacer. Por aquellos años comprendió que era mejor dedicarse a la palabra. 
Una de las habitaciones parecía llevar su nombre. Parecía estar hecha para ella. Al mirar a través de la ventana recordó su deseo de poder fotografiar en cada parpadeo. Se propuso que, algún día, transmitiría todo aquello a través de una imagen.  Fue uno de esos propósitos que se le meten en la cabeza, uno de esos que tarde o temprano tiene que cumplir. Necesitaba que otros vieran lo que ella veía, que sintieran lo que ella sentía. 
Con la mirada perdida entre llamas y olor a leña se respondió a todas sus preguntas, encontró todas sus respuestas. Se observó corriendo calle abajo, inspeccionando los lugares en los que ahora desea perderse para seguir encontrándose. Ante la chimenea se reclamó por qué había estado tanto tiempo perdida, por qué había ocultado a esa gran persona que, por aquel entonces, se encontraba en un cuerpo tan pequeño.


lunes, 26 de enero de 2015

Reencuentro

Amanecía con la palabra reencuentro. En la calle nada había cambiado, aunque quizá ahora esa palabra, justo allí, le resultaba la más simpática del mundo. Recordó que por un tiempo esas avenidas se convirtieron en libros de los que aprender. Le gustaba pasear por cada una de sus páginas con aquella sensación de ser capaz de saltar de un renglón a otro sin tropezar ni una sola vez. Algunas tardes invitaba a merendar a las exclamaciones y alargaban las horas para apuntarse también a las cenas improvisadas con las sobras del fin de semana, creyéndose gourmet, con la elegancia de las copas de vino y las fotografías chapuceras que tan buenos ratos daban.
Fue un reencuentro con algunas de las personas que cargaban sus pilas día a día, que le mostraban lo bonito de aquella ciudad, lo bonito de ellas mismas. Como siempre, terminaría siendo un restaurante italiano el testigo de las confidencias. También se reencontró con las llamadas a deshoras, los momentos de angustia, las ganas de salir corriendo, esas que poco a poco se fueron evaporando, esas que dejó pasar. Se reencontró consigo misma y anotó un punto más en su marcador de batallas ganadas.
Subió al tren de vuelta a casa con la nostalgia en el asiento de al lado. Compartieron conversación durante el viaje. Sonrieron al recordar que allí, en ese lugar del que se alejaban, la ciudad de los reencuentros, hace ya algún tiempo que se plantearon convertir los problemas en retos y mojarlos en el café de cada desayuno.