Hace algunos días le aseguró que escribiría algo para ella. No podía verla, pero imaginó que al otro lado del teléfono se esbozaba la misma sonrisa de complicidad, esa que conocía muy bien el significado de las dobles intenciones.
Hoy se sienta frente al ordenador y le tiemblan las manos. Su mente no da para mucho, se aleja de aquella segunda intención, se borra su sonrisa. No quiere pensar ni escribir una despedida porque está segura de que no lo es. Sólo quiere que en su maleta incluya la seguridad de que esté donde esté, la distancia no será un impedimento para que estén tan cerca como siempre, para que les siga separando un pasillo, un sillón de cuadros o un salto descalza a la terraza (o balcón, eso siempre será un dilema) con desenlace de susto y risas. Por mucho tiempo que pasen sin verse, sin hablar, las calles de Granada se volverán Sevilla y los buenos días se los dieron hace un rato en la cocina.
Mientras que espera pacientemente volver a escribir sobre un reencuentro que está segura que pronto se producirá, le suplica que sea feliz, cumpla retos y siga creciendo. Le agradece cada instante porque verdaderamente supo ser uno de los pilares en su vida cuando más falta le hacía a sus torpes cimientos. Pronto sus caminos se volverán a juntar. Muy orgullosa de poder identificar su nombre con la palabra amistad.
La echará de menos, querida.
Edimburgo pronto será un sitio mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario